Nunca sentí tanto frío y nunca he vuelto a sentirlo. Aún el sol de octubre está alto, pero sólo ilumina lo que queda del día. Son las 18 horas y hace media hora abandoné el puesto fronterizo custodiado por el pabellón albiceleste. Mi caballo se trepa por el camino altiplánico galopando a marchas forzadas en primera, a 7.500 rpm y a 30 kms./h. El termómetro marca un grado bajo cero. La hora avanza más rápido de lo que mi motor apunado puede acelerar y la noche nos aplasta lentamente tratando de sortear los 160 kilómetros que hay desde el puesto argentino a San Pedro de Atacama. Son las 21 horas, el motor lleva casi cinco horas pasado en revoluciones -en primera- y doce desde que zarpé de Purmamarca, dejando atrás los algarrobales, para enfrentar la altura y aridez de Susques y el aire salobre de las Salinas Grandes camino a la frontera chilena, pero esos 4.200 msnm no se comparan con los 5.200 que hay en las alturas de Jama.13479643_10209265935706210_1843852919_n

No puedo detener el motor, no hay garantía de que vuelva a arrancar y si no arranca o se funde, yo no podría resistir la noche en el altiplano, menos ahora que el termómetro ya marca -2 y todo indica seguirá bajando. El frío seco del desierto es indolente. No se compara con el frío de las nieves de mi Patagonia. Se cuela entre la vicera de mi casco y una corriente helada tiende a escarchar el lagrimal de mi ojo derecho, sospecho que la infección ocular que me afecto días después nació ahí. Mis dedos engarrotados y que casi no puedo mover, duelen embutidos en unos guantes de cuero que no abrigan. Mi pecho gélido por la brisa no puede entibiar el aire aún más frío que respiro. Mis rodillas y tobillos responden con retraso, al igual que mis manos a las órdenes que doy. Mi motricidad fina ha desaparecido. La sensación de entumecimiento es general. Dónde estoy, pues no lo sé. La oscuridad lo ha invadido todo. Cuánto he avanzado en ese tramo de 160 interminables kilómetros de árido y desértico altiplano, tampoco lo sé. Una bifurcación indica un desvío hacia Bolivia, pero nada indica dónde está el control fronterizo chileno. Ansío encontrar mi bandera ondeando en medio de la nada, pero mis ojos no ven más allá del haz de mis propios focos. El acelerador a fondo y solo 30 kms/h en un motor que ya no ruge, solo ronronea, y a ratos tose pidiendo descanso. Mi noble GN 125 no da mas velocidad ni potencia y arriesgo que se funda pero no puedo detenerme por ningún motivo. No importa la hora, sé que llegaré si no me rindo y si mi caballo sigue galopando, aunque sea lento. El recuerdo de noches más cálidas me invade, noches en que a esta misma hora debía navegar con el casco abierto y en mangas de camisa o podía freir un huevo en el asfalto antes de llegar a Ciudad Loreto, pero esos parajes han quedado atrás: esta noche enfrento el desierto. La moto comienza a acelerar un poco mas. El camino va de bajada. A lo lejos se ven luces: San Pedro de Atacama está a la vista. Un último esfuerzo: tolerar el frío una hora más… Llegaré entumido pero sin novedad: un café me vendrá bien, y para tí, mi noble compañera y fiel corcel acerado, el estanque lleno y un cambio de aceite no vendría mal. Te lo ganaste!

Escrito por Rodolfo Knöpke Beroíza

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