la quiaca no vayamos mas

Cumplo en avisar: Hoy los quiero aburrir. No me voy a “pelear” con nadie.

Sabemos que La Quiaca es uno de los tantos destinos casi obligados para todo motoviajero. Como Ushuaia,  u otros tantos.  Generalmente es llegar, lo foto de rigor y el regreso a Humahuaca, Tilcara o Purmamarca… lugares elegidos para hacer base ya que cuentan con mayor infraestructura turística.

Para algunos, es el “Tengo la foto. Ya sé que acá no tengo que volver más.”

Y no los cuestiono. La Quiaca en sí, no tiene mucho que ofrecer al turismo.

Si les cuento que en todo La Quiaca no conseguí un calco alusivo al lugar, creo que me entenderán si digo que ni nos tienen en cuenta. Venderían cientos…  pero poco les importa. Es tu problema, no el de ellos.

En mi primer viaje, haciendo base en Tilcara, me llegué a sacarme la fotito. Pero empecé a observar detalles de una cultura muy diferente. Sus habitantes, con su vestimenta, su comportamiento…  Si bien son lugares ya “invadidos”, el puneño de la quebrada, aún se resiste al cambio.

La Puna con toda su música y cultura siempre me resultó de interés desde joven.

En Tilcara, las peñas, muy divertidas, mucha alegría, carnavalitos, extranjeros…  Baile y palmas.

Emoción en ese contexto humano y geográfico, de estar en el lugar exacto dónde se escribieron aquellas letras.

Cuando caés en la cuenta que el “humahuaqueñito”, es ese chico que está ahí, en la calle, en la cabecita te suena un “Cling!”

Y que pasa en la calle?…  Afuera hay otras personas. Las del lugar. Los que siempre vivieron  ahí.

Con sus hábitos y costumbres. Tan diferentes y opuestas a las nuestras.

Muy lindo el circo para el turista, pero basta asomarte a la puerta, para darte cuenta que hay más.

Escasos vehículos, ropa sencilla, sin “Marcas” que mostrar. Calles angostas, construcciones antiquísimas.

Empezás a entender… que no entendés nada.

Vuelvo al año siguiente… y me quedo en la “aburrida” La Quiaca. Ya no saqué la foto en el cartelito verde.

Quería caminarla, intentar hablar con la gente. Sentarme en una plaza a observar. Empezar a “entender” algo.

Nunca se me acercó un chico a pedirme una moneda. Raro, no?… se supone que esta gente es “pobre”.

Me interno por los pasadizos  de una feria. Jóvenes felices jugando con metegoles viejísimos, bajo un alero de lona.

Sonríen y sus dientes blancos contrastan con los rostros oscuros, castigados por el sol.

Las mujeres con sus polleras sobre polleras. Tres, cuatro… y se las van quitando a medida que sube el sol.

La turista solitaria que conversa con una de ellas… Estaba buena, la turista.

Al día siguiente, ya acompañado, decidimos ir al pueblo más septentrional de Argentina. El Angosto.

Aquí les dejo el relato, escrito hace un tiempo, sobre ese día:

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La Quiaca-El Angosto

laquiacanovayamosmasEn mi primera noche quiaqueña, la altura y su famosa “puna” me dejaron dormir.  Mucho me hablaron de que a la noche era lo peor. Me siento bien pero no dejo de tomar mi pastilla de ajo.

Me dijo un jujeño, que si nunca la usaba, la coca no me ayudaría.

Ya desayuné. Aún no les dije que los acompañaría, pero decidí ir con ellos.

Como no sabía cómo me trataría la altura, y soy algo vago pa´l sufrimiento al cuete, no les había asegurado nada.

Habíamos analizado, la noche anterior, que sería un viaje tranquilo. Buen ripio y ninguna cuesta. El GPS no “vivoreaba” en ningún tramo.

Sólo un paseo hasta  El Angosto,  el pueblo más norteño del país. El día pinta soleado y sin calores agobiantes.

Hacemos el último tramo de la 40,en sentido descendente. La Quiaca,  Cieneguillas y luego, Santa Catalina, dónde nos detenemos a descansar.

Dejamos las motos al costado de una pequeña plaza cercada, de 30×30 mtrs., que una señora regaba. Enfrente, la iglesia. Curiosamente, cerrada con candado.

Nos separamos para sacar fotos y si se daba, conversar con algún lugareño. Siempre busco la charla con el lugareño. No soy de los que pasan sólo sacando fotos. Me gusta aprender algo de cada lugar y qué mejor que te la cuenten ellos, los que lo viven?

El camino hasta aquí, tal lo previsto, caminos de ripio en buen estado, cruzando pampas aburridas para el ojo.

Sólo se divisé ranchos de adobe en las cercanías de la ruta. Casi todos con tendido eléctrico. Luego me cuentan que a los más alejados del interconectado, les suministraron paneles solares.

Vero conversaba con la placera, mientras yo, en un portal, comparto dulces con Santino, tal vez el hijo.

Hugo se ocupaba de averiguar dónde podríamos “tomar algo fresco”.

En realidad se estaba meando, y una cosa traería la otra. Éste te tira un whatsapp con un Nokia 1100.

Le indican un lugar y hacia allá partimos. Callecitas angostas, esquivando llamas que ni guiñe, te ponen.

Desembocamos en un cancha de futbol de tierra pelada, pero con líneas bien marcadas con cal. Respetuosamente trato de evitarlas, pero mi amigo ni las vió.

Tras el arco más alejado, una enorme fachada amarilla con puertas en verde, anuncia la presencia del cementerio. Tenía el largo de todo el ancho de la cancha

De ese lado se podía patear fuerte, porque el paredón la devolvería.. Si no, a buscarla a Bolivia.

Detrás del arco opuesto, nosotros y nuestro destino, el Resto Bar “El Vico”. Sin ventanas… por esto de los pelotazos, supongo, y dos escalones para cruzar  la puerta azul.

Nos atiende la simpática, robusta y ocurrente, Rosa Susana, su propietaria. Grandota, la señora. Nada de colla petisa. Morochona bien plantada.

Pedimos algo de tomar para disimular el acceso al baño. No lenta, la señora, nos ofrece darnos de comer. Pero le decimos que no, porque aún debíamos llegar a El Angosto y no sabíamos como andaríamos de tiempo.

A poco de dejar el pueblo se cruza un buen arroyo. De los que te mojan y refrescan. Bienvenido sea.

Se notaba que íbamos subiendo, pero lentamente. Siempre el mismo terreno, pero ya entre bajos y lomadas.

De repente damos vista a un valle increíble. Enorme. Con toda la paleta de colores típica de los paisajes puneños. De fondo, algún nevado vigilante, ya de aspecto boliviano.

Quedamos impáctados por la belleza de la imagen, por lo que no dudamos en detenernos.

Ahí tomamos conciencia de la altura en que nos encontrábamos. Cuanto?… No sé, no me acuerdo… 4.300 creo.

Aclaro que no uso GPS…. Como dice un amigo: Sólo “PPS”. Paro-Pregunto-Sigo.

Al fondo del valle, muy lejos, se divisaba un pequeño punto de verdes vivos de una arboleda. Tipo álamo en primavera.

Si hay álamos, hay gente, así que seguramente aquél sería el pueblo.

Pero… Lejos, muy lejos, y bajo, muy bajo…

Era evidente que para bajar habría una gran cuesta. No estaba en los planes.

En ese viaje ya habíamos hecho mil cuestas y ya estaba harto.

Con cara acorde al sentimiento, potenciada por el apunamiento que estaba sintiendo:

-Hugo… me dijiste que no habría cuestas…-

– El GPS no la marca!- Se excusa.

Sacamos algunas panorámicas en cámara lenta e iniciamos el descenso…  “Cámara lenta”, nosotros… tipo caminata lunar. Si apuras el paso a esa altura, fuiste… se te termina el aire.

No era malo el suelo, pero como en toda cuesta desconocida, mejor bajar despacio. Zanjones, piedras sueltas, precipicios.

Tras un buen rato, sin darnos cuenta, el camino se convierte en un lecho de arroyo apenas cubierto por agua, que es la entrada al pueblo.

Qué pueblo?… A ver niños… a dónde íbamos?… Siii… A “EL Angosto”. (No se me duerman que hoy sacrifiqué la siesta.)

A la derecha, tras un pequeño “abra” entre rocas, la población más antigua. A la izquierda, la más nueva.

Destacaba la pequeña Iglesia, pero descubrimos también, destacamento, Registro civil y una sala de asistencia médica. Observo tendido eléctrico, antena satelital, paneles solares…

Nos acercamos a la iglesia para dejar las motos y quitarnos ropa para caminar más cómodos. Igual, no era mucho lo que caminaríamos, ya que el pueblo era una sola calle con tres o cuatros frentes de manzana a cada lado.

No se veía a nadie. Sólo un niño asomando su carita tras una puerta. Y gallinas. Muchas.

Hugo escupe su bolo de coca, que lo venía amasando desde la mañana,  y varias gallinas, con unos copetes extraños tipo “punk”, se arremeten a “coquearse”.  Desaparece la coca en 15 segundos. Provenientes de Bolivia, pensé. Pero no ví que se les infle el pico.

El calor se hacía sentir desde antes de llegar. El agua que nos quedaba, estaba para te, con el sol del viaje.

Detrás de la iglesia descubro una canilla que nació del piso!  Un metro de caño de ½, y arriba, la canillita.

Presuroso la abro, pero me quedo con la canilla en la mano… y el chorro de agua saliendo para arriba… Me las corto…

Importante macana, la mía…  Esta gente vive tranquila y yo tengo que venir a romperles la canilla?.

No tenía ni rosca. La clavé como pude y tema solucionado. No se toca más. Primero tomé, claro… Bobo, si, pero no todo el día.

Cruzamos el arroyo pedregoso hacia la “parte vieja”, como se me ocurrió llamarla. No es un capricho… Esa parte, era más vieja.

De nuevo una calle muerta con dos cuadras de ranchos de adobe. Algunos sin techo, otros destruidos. Dentro de ellos, hicieron viveros o invernáculos… donde tenían sus plantaciones de hortalizas.  Arsenia no saluda mientras regaba.

 Del fondo de la misma, (de la calle, no de Arsenia) surgían risas y el rumor de conversaciones. Era la escuela y allí estaban reunidos los pobladores.

No nos acercamos demasiado, para no molestar. Tampoco andaba con ganas de charlar. Si hay tumulto, me voy. Parco al nivel del mar; allá arriba…

Saco algunas fotos y me vuelvo despacio hacia el arroyo, mientras observo a una señora colla arreando sus cabros. Eran cabros, no chivos… la señora gritaba claramente: – Cabra!, Cabra!!-.

 Vero y Hugo se quedan.

Desde lejos, escucho que alguien sale a recibirlos y se quedan charlando. Y es de sabio, saber, que cuando mi amigo Hugo logra contactar con alguien, mejor búscate una sombra y sentate.  Conversador como pocos.

Así que me instalé bajo un arbolito al lado de una vega fresca, del  ”lado nuevo”,  y desde allí los observaba, hasta que decidieron volver. A mí, no se me arrimó nadie, excepto unos moscones amigables. Cero maldad, los bichos… todo paz, acá.

Se estaba haciendo tarde y había que desandar los 95 km hasta La Quiaca, con la cuesta incluida. Y con lo que cuesta.

Me adelanto y los espero en la entrada de Santa Catalina para sacarles la foto cruzando el vado. Pero como tardaron más de lo que me duró el cigarrillo, me fui. No foto. No soy de esperar mucho y hacía calor.

Picaba el hambre y la sed… derecho a lo de “Rosa Susana”, que ya nos esperaba muy paradita en la puerta. Seguramente había escuchado desde lejos, el ruido de las motos. Hora de siesta, silencio increíble.  Le dan ganas a uno, de dormir una siesta.

Serían las cuatro o cinco de la tarde, no recuerdo.

Habrán notado que los norteños estiran la anteúltima sílaba y eso les da esa tonada particular. Luego, cada zona tiene su entonación.

-Seguuro que ahoora quieeren que les cociine… Y yo ahoora, no les voy a cociiinar.-

A la pelota!!! Estamos al horno. Barritas de cereal?… chorreaban, las barritas.

Por mi parte, ninguna queja.  Coherente y firme, la señora. Totalmente justificada, su postura…

Pero no sabía que enfrente, lo tenía al implacable  ”H”.

Les aseguro que a mi amigo es más fácil darle un beso que decirle que no.

Nos hizo tres hamburguesotas caseritas de llama que nos vinieron de maravillas. Si me ofrecían gorila, lo pedía bien cosido.

Cuando se me escapa la palabrita “llama”… Amigo, con pera colgando, interroga:

-Llama?…-

-Viste alguna vaca, vos?…-  le contesto.

Medita… come, piensa… Sólo piensa cuando come, porque tiene la boca ocupada y odia escupir la comida.

Luego ataca a Rosa Susana:

H: – Tenés hijos?…-

RS:  – Doceeeenas..-

H: -Por qué?, no tienen televisión?

RS: – Si… si no,… serían más doceeenas…

NDR: Según los códigos de mi barrio, creo que la gorda me tiraba algo de onda.

Cuando nos señalaba algún lugar en el mapa, que pusimos sobre la mesa, me apoyaba una goma en el hombro.

Yo no vi pobreza; simplemente vi otra cultura. Muy distinta, antigua, auténtica. Detenida en el tiempo.

Pobreza, vi en Iguazú. Es otra cosa.

A veces siento que deseo seguir yendo. Para saber más, para conocerlos mejor. Porque realmente me atrapa ese valor que le dan a sus costumbres.

Otras, me pregunto… ¿Y si no vamos más, y los dejamos tranquilos en su mundo?

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