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Como motoviajeros, vamos deseando marcar hitos o alcanzar aquellos que ya consideramos como tales. Hay recorridos clásicos que  ocupan la mente y las conversaciones de cientos de motociclistas, de aquí y de más allá.

Como sudamericana he sabido de incontables viajeros recorriendo la ruta de Ushuaia a Alaska, he participado en innumerables conversaciones respecto a los pormenores de hacer la RN 40, o de llegar a Machu Pichu.  Pero desde que comencé a relacionarme con colegas chilenos aprendí que hay tres logros que con frecuencia son reconocidos: el costa a costa de los océanos, llegar hasta el Morro de Arica y alcanzar el Hito 0 de la Panamericana. Personalmente, me llamaba la atención este último, por encontrarse en la Isla de Chiloé, lugar que me ha fascinado por su mítica desde pequeña, pero que consideraba inalcanzable, no tanto por la distancia sino por el clima húmedo y mi miedo a conducir en moto con lluvia.

El verano pasado andaba por los 7 Lagos, cuando me enteré que un querido colega motoquero chileno se encontraba en Osorno. Le escribí invitándolo a que se cruce y nos encontremos en Villa La Angostura, a lo que él respondió que me cruce yo, ya que él estaba saliendo hacia la Carretera Austral y necesitaba descansar. Lo pensé. Creo que unos treinta segundos. Y al día siguiente salí hacia Osorno, sin saber que la ruta me deparaba otro destino.

En la frontera misma comenzaron las sorpresas.  Mientras hacía aduana se me acercaron dos simpáticas mujeres chilenas: una señora muy mayor que me preguntó si viajaba sola en moto, me felicitó y expresó su deseo de haber podido hacer lo mismo, y una joven que me halagó diciéndome si le haría el regalo de sacarme una foto con ella, ya que es motoquera pero aún no se anima a viajar sola. Luego descubriría que me había invitado a formar parte de la comunidad facebookera de Mujeres Moteras Chilenas, todo un honor, siendo yo argentina, ¡gracias Ale!. Comenzaba a sentirme empoderada pero no imaginaba que los 160 km hasta Osorno serían el primer paso para cumplir un sueño.

 Esa noche hablando de la ruta hacia el sur que él emprendería al día siguiente, mi amigo VH me dice que ya había pagado dos noches de alojamiento para mí, que me quedara un día más para recorrer algo de la zona ya que no podía volverme sin conocer algo de la Región de Los Lagos… Acepté. Si hay algo que aprendí viajando, y disfruto enormemente, es que las mejores rutas son las imprevistas. ¡Amo no saber dónde voy a estar el día siguiente!.

Me desperté casi convencida de llegar a Chiloé aunque el costo del cruce me condicionaba. Arranqué, como tantas veces antes, con la incertidumbre pesándome un poco menos que las ganas. Tomé la Ruta 5 hacia el sur, pasé raudamente por Frutillar y Puerto Varas y al llegar a Puerto Montt giré sin dudas hasta Pargüa, lugar donde debía tomar el transbordador. Dejé ir el que estaba saliendo para pensar un poco más si debía cruzar o no. Cuenta más, cuenta menos, dependía de conseguir un alojamiento barato para la noche que estaría en la isla. Mientras observaba deseante el estrecho paso de agua que me separaba de la isla, pensé en lo tonto que sería volverme después de haber llegado hasta ahí. ¡Y crucé!. 

the teacher motoquera en el hito ceroYa en Chacao busqué alojamiento por esa noche, sin terminar de decidirme a llegar al fin de la Ruta 5 Sur, porque implicaba quedarme una noche más. Recorrer los casi 200km entre Chacao y Quellón y regresar a Osorno en el día era una carrera sin sentido, dejando de lado el interactuar con la gente que es lo que privilegio cuando viajo. Una conversación con Maruja, la dueña del hospedaje, me decidió a darme el gusto de llegar a Quellón y a su famoso Hito Cero.

Olvidados ya los comentarios negativos que había recibido acerca de rutear hasta Chiloé por su clima lluvioso y mi anterior miedo a conducir con lluvia, encaré el recorrido con enorme ansiedad y acompañada por un sol esplendoroso. Me deleité en cada km de ruta (ya casi totalmente asfaltada) con los verdes increibles que el Pacífico propicia en esa latitud, a diferencia de lo que sucede del lado argentino de la cordillera, donde predominan los ocres. El interés y simpatía de la gente con la que conversé en mis paradas, completaron la sensación de bienestar. 

En destino, y buscando alojamiento, me detuve en una cortada a preguntarle a dos trabajadores si sabían de un hospedaje familiar. Sin ocultar sus miradas de asombro (supongo que al ver una cincuentona argentina sola en una pequeña moto) me comentaron que justamente allí enfrente, se alojaban ellos, y fueron en busca de la dueña de la pensión para que me sugiriera algún lugar. Inmediatamente apareció Anita, quien amablemente me indicó que su pensión estaba completa al mismo tiempo que me invitaba a pasar a descansar un rato y tomar algo frío. Acepté agradecida. El día anterior había tenido una charla sumamente enriquecedora con la dueña del hospedaje en Chacao, y sentía curiosidad por seguir descubriendo el sentir de las mujeres de Chiloé. Después de más de una hora de conversación, en la que compartimos historias de vida como dos viejas amigas, Anita me ofreció, con cierto pudor, alojamiento en el cuarto del planchado, cosa que acepté inmediata y agradecidamente, diciéndole que me instalaría ni bien volviera de mi obligada visita al Hito Cero.

Llegué, saqué fotos y me quedé observando el frío cemento del monumento tratando de ver más allá de lo físico, de sentir… Me di cuenta entonces de que el no haber planificado este viaje, había impedido la habitual y taquicárdica sensación anticipatoria del logro. En cambio, me había enfocado en relacionarme con la gente y sin darme cuenta estaba ahí, marcando un hito en mis travesías motoqueras pero también en mi historia personal: Km Cero de la Carretera Panamericana y Chiloé. ¡Quién lo hubiera pensado!. 

Al regresar al hospedaje fui recibida con increíble curiosidad por parte de todos los allí alojados, que al escuchar el ruido del motor salieron a ayudar con la tarea de meter la moto al galpón por un estrecho pasillo al mismo tiempo que me hacían todo tipo de preguntas acerca de mí, de la moto y del viaje. Luego, Anita y su esposo me explicaron la realidad económica y social, llevándome a recorrer la ciudad y sus alrededores y me agasajaron con un exquisito salmón como cena.   

Al día siguiente, terminé de derrumbar los dichos acerca del clima de la isla. A pesar de que llovió hasta cruzar el canal, se trataba de una suave llovizna que más que molestar me ayudó a pensar en la experiencia vivida a 1000km de mi casa. 

 En cada parada escuché los acostumbrados “¡¿Viaja en moto?!”, “¡¿Sooola?!.” Y me sentí totalmente plena de saberme mujer, motoviajera en solitario y algo así como representante de las numerosas otras mujeres de los cinco continentes y de todas las razas e idiomas posibles, que rutean ayudando a deconstruir los estereotipos que nos encasillan. Aunque al fin y al cabo, yo sólo soy un detalle, un reflejo de los muchos que salen a las rutas para sentirse en alas de la libertad.

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